“Ey tios, venga vamos, llevadme al Antzokia joder, gora Euskadi cagüen”
Así terminó nuestra última jornada de furgoneta por Bilbao, pero empecemos por el principio.
Hacía tiempo que no nos montábamos en la vieja ruina, después de que tuviésemos que cancelar Asturias había ganas de carretera, rumbo a Bilbao, acompañados de nuestro querido Héctor Vila, uno de esos fotógrafos que cualquier banda pelearía por tener.
Esa furgoneta que tiene más arena que el desierto, en la que puedes morir congelado porque tiene más fugas que Johann Sebastian Bach, y en la que para comunicarte con el de adelante necesitas un megáfono.
Sanos y salvos llegamos a Bilbo, con nuestra inocente intención de repartir rock n roll. Y después de dejar en el hostal de luces intrigantes nuestras cosas, y de tener todo listo; nuestra clásica estrategia, repartir flyers, unos vinos, unas tapas, y pa’lante.
El Café Teatro Evidence nos sirvió de guía para llevar nuestro surf & roll castizamente espeso, y tras dedicar el concierto a una persona muy especial para nosotros, que esta vez se tuvo que quedar en tierra, y a la otra que se fue, decidimos que esa iba a ser una gran noche de rock, como un homenaje.
Durango siempre da el 100%, sean las circunstancias que sean, llueva o nieve, y una plaza como Bilbao no iba a ser menos.
Después de un, creemos sinceramente, gran concierto, llegaron las copas, los gintonics, y los bailes bajo la música de los 50.
Tocaba volver al hostal, nos metimos en la furgo. Directos. Y en un semáforo, alguien abrió la puerta, se subió, y nos pidió, cubata en mano, que le llevásemos al Antzokia. Después de unos cánticos y emular al Equipo A conduciendo y el tio agarrado a la puerta sin muchas ganas de soltarse, tocaba dormir un poco.
Y nos dieron las 10, y había que coger carretera y manta, esta vez Cantabria era el destino, Santander el sitio.
Comilonas, cervezas, vinos, y a tocar en la calle como está mandado, y hay que decirlo, hicimos más público en la calle que en la sala, y eso que el concierto era gratis.
El día anterior llenamos la Evidence en Bilbao, y en el momento álgido del concierto en Santander, en una sala cojonuda como es la Sala Ye-Ye, con un tio que se lo curra de puta madre, buen sonido, muy buen gusto de decoración, entrada gratuito y…….6 personas. Récord absoluto.
Pero insisto, Durango no baja del 100%, asi que los agraciados se llevaron un concierto del recopetín. Sudamos todo el agua que teníamos dentro (algunos sudamos también las bebidas espirituosas del día anterior) y nos entregamos al directo, como si fuese en Las Ventas.
Y es que, sean 6 o sean 1.000, el respeto lo merecen igual, y su dosis de surf & roll espeso y energía a cascoporro también.
¡Qué leches, era nuestro último concierto fuera y queríamos quemar las naves!
Y después del concierto, vuelta a la capital en nuestra furgoneta que se cae a cachos, con más frio que vergüenza, tapados con mantas los agraciados, con abrigos los demás, en esa noche de temperaturas por debajo de cero, donde el aire que se colaba parecía un sinfín de alfileres clavándose en la piel y en los huesos…
Terriblemente cansados algunos, y muy cansados otros, pero con tremendas ganas de volver a la carretera de nuevo…
Está vez tendrá que esperar.


